Guernica.

On 8 junio, 2017 by Carlota

Entre el deleite y la aflicción recorría hace unas semanas “Piedad y terror en Picasso. El camino al Guernica”. No hay duda, debí de haberme informado mejor y no haberme dejado llevar por la emoción pueril de quien recorre una más de las excelsas retrospectivas del artista malagueño. La exposición, con la que el Centro de Arte Reina Sofía conmemora los 80 años de vida del lienzo, me hizo descender a los infiernos a través de los más infames demonios de la condición humana retratados por el implacable pincel del artista mientras me cautivaba con su inconmensurable talento artístico.

La muestra inicia su recorrido haciendo uso de documentos, fotografías, maquetas y recortes de prensa. Todos ellos dan testimonio tanto del encargo que la Segunda República Española hizo al artista para ejecutar un lienzo de grandes dimensiones destinado a ocupar el Pabellón Español de la Exposición Universal de París, como del bombardeo que sirvió de detonante para su realización y en el que un 25 de abril de 1937 cientos de inocentes perdieron la vida injustamente en medio de una de las mayores masacres que tuvieron lugar en el transcurso de la Guerra Civil.

Sin tregua, transita por las obras precedentes que a partir de los años 20 dejan constancia de las transformaciones estilísticas que desembocarán en la creación del Guernica. Su evidente dominio pictórico, su constante necesidad de buscar nuevas formas de expresión y el convulso momento, tanto histórico como personal, en el que Picasso vivía hacen que su particular modo de construir la realidad evolucione oscilando entre el cubismo, los modelos de representación clásicos y una progresiva tendencia hacia la introspección en la que la carga expresiva y simbólica va en aumento. Retratos, interiores, bodegones y paisajes sufrirán entonces un creciente gusto por una deconstrucción orientada a la deformidad y por mostrar el profundo sentimiento de pesimismo vital que le sacude y que se verá colmado cuando desde París es conocedor del bombardeo.

El cuadro comienza a gestarse en ese mismo instante. Las salas ofrecen una amplia mirada sobre los primeros bocetos, sobre las diversas variaciones de las figuras que están llamadas a formar parte del cuadro: hombres, mujeres y animales amedrentados por el pánico. Todos ellos dispuestos ya desde un punto de vista que aúna esa confluencia de estilos que tomará una conciencia propia para dar vida a la tragedia.

La exposición está llegando a su término.  Sala 206. A lo largo de tres de sus cuatro paredes se despliega el reportaje fotográfico con el que Dora Maar inmortalizó la evolución de la catarsis picassiana, del proceso creativo que desembocó en El Guernica, obra que al fin cuelga en esa cuarta pared.  Ya exhausta, lo contemplo ante mí.

Avanzo entre la multitud que se agolpa frente a él. La intensidad dramática que se desprende de su contemplación es simplemente abrumadora. Pareciera que de un momento a otro fuese a comenzar a gritar. De rabia, de dolor, de ira contenida. Su cromatismo, su composición, sus personajes, su técnica. Todo en él abunda en el patetismo de un mundo incapaz de doblegarse ante el sufrimiento de quienes lo habitan. Tristeza absoluta. Consternación. Angustia.

Alguien me empuja. Nadie se disculpa. Miro a mi alrededor. Observo al resto de visitantes.  La sensación general es lúdica. Tal vez en exceso. Junto a mí, un grupo de jóvenes espera el momento en él que el personal de seguridad esté ocupado reprendiendo a quienes hacen fotografías para hacerse un “selfie” junto al cuadro. Un poco más allá una pareja, no tan joven, repite la acción. La mayoría conversa: “Es muy grande”, “¿Aquello qué es?”, “Donde estén Las Meninas…”, “¡Qué chulo!”,  “¡Vamos a comer!”, “¡Qué gran artista era Picasso!”, “Mi hijo pinta mejor”.

Mientras, yo intento contener la emoción. Recorro las salas que restan hasta llegar a la salida. Es hora de reflexionar. Razón, aquí.

 

Carlota García Fernández.

 

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