Fresas

On 12 febrero, 2018 by Carlota

Me encantan las fresas.

Cuando era niña, mi tío las cultivaba en una enorme jardinera en la finca familiar. Las mimaba con sumo esmero, las protegía del frío, del calor, de la lluvia, de los pájaros y de los insectos, y aún con todo, apenas unas pocas lograban sobrevivir.

Como tantos otros niños, me crié bajo el cuidado de mis abuelos. Sobre todo de los maternos. Mi abuela, vivía con su hermano (mi tío) desde que enviudó siendo ella muy joven, antes de que yo naciera. Mi tío fue para mí un abuelo.

Cada mañana, antes de que este se fuese a la finca ella le advertía “Mira a ver si hay alguna fresina pa la neña”. Trabajaba la jornada en la tierra y antes de regresar, ya cansado, rebuscaba entre los fresales, recogía las escasas frutas ya maduras y las colocaba en una pequeña cesta acolchada con hojas de parra. Cuando llegaba a casa me decía “Cierra los ojos y extiende las manos” y cuando lo hacía, dejaba caer  la cesta sobre ellas. Lo hacía, orgulloso, generoso y complaciente.  Yo le abrazaba entre un gran jolgorio, agradecida y feliz. Las degustaba muy lentamente, como quien goza del más exquisito de los manjares. Cuenta mi madre que un día contó como le daba hasta veinte bocados a una.

Mi tío se fue hace ya algunos años. Aún recuerdo el sabor de aquellas fresas.

Entonces, mi abuela iba a por ellas al mercado. Yo la acompañaba a veces. Le decía a la frutera “¡Escógelas bien eh, que son pa la mi neña!”  Y mientras, me miraba sonriente. Yo la observaba diligente y bondadosa. A mi abuela, como a mi tío y como a tantos otros de su generación les tocó vivir en tiempos de escasez, tuvieron que aprender a mirar por las cosas pero, sin embargo, ellos siempre fueron generosos.

“¡Lávalas bien antes de comerlas!”  Me decía, ejerciendo esa crianza amable y vehemente de la que solo son conocedores quienes hayan crecido bajo la tutela de sus abuelos.

Luego me hice mayor. Pero mi abuela siempre se ocupó de que nunca faltasen fresas en mi casa. Al principio ella misma me las traía cuando me visitaba y luego, cuando los años avanzaron y las fuerzas comenzaron a faltarle, me las hacía llegar a través de otros.

A veces la visitaba por sorpresa. “¡Mi vida! ¡Qué alegría tan grande!” Y tras charlar a penas unos  segundos, hacía acopio de fuerzas, preparaba una cafetera y comenzaba a rebuscar nerviosa por los armarios de la cocina mientras decía – ¡Ay cariño! No sé qué te voy a dar con el café. Si hubiera sabido que venías hubiera comprado unas fresinas”.

Mi abuela se fue ayer. Tenía 84 años y unos ojos pequeños y azules.

Fresas. Pequeños bocados silvestres de ácido dulzor carmesí.

 

A Sara y a Bautista.

Carlota García Fernández.

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