Culturetas.

On 8 noviembre, 2017 by Carlota

Me ronda la cabeza en estos días, a raíz de una experiencia inesperada, la arrogancia con la que muchos proclaman laconismos tales como “Me gusta el arte”, “Me gusta la música”, ” Me gusta el cine” o “Me gusta la literatura”.

Por ejemplo. Si a lo largo de tu vida solo has visto una exposición de Picasso (es casi imposible no haberlo hecho), otra de Miró y, pongamos que, otra de Dalí,  pero no sabes nada de la vida y obra de ninguno de los tres. Si en algún viaje has visitado algún que otro museo en el que simplemente había muchos cuadros y cosas. Si hace años viste”Casablanca” o “Lo que el viento se llevó” y lo que recuerdas es que Bogart le decía a un tal Sam que le volviese a tocar una canción y que Escarlata prometía no volver a pasar hambre. Si te has dejado caer por casualidad o arrastrado por algún amigo a ver alguna película independiente de cuyo nombre o director ya ni te acuerdas. Si te suena la novena de Beethoven. Si canturreas el “Highway to hell” como un loco cuando la ponen en un bar pero no sabes quien fue Bon Scott. Si confundes a Billie Holiday con Buddy Holly.  Si presumes de haber leído  “El Quijote” aunque fuera como lectura obligatoria del colegio. Si las escasas páginas de “El Principito” te impresionaron tanto que hasta te hiciste con un ejemplar que convive en tu estantería con los manuales de la carrera o del mando a distancia.  ¿Es lícito decir que te gusta el arte, la música, el cine o la literatura? Tal vez sí. Tal vez no. No lo sé, pero yo conozco a quien lo hace. A quien sin el más mínimo reparo aprovecha la más mínima ocasión para apuntillar lo mucho que “presuntamente” le gustan dichas materias aún perteneciendo a ese colectivo incapaz de desembolsar un euro por un disco o película original y poseedor de un archivo de descargas ilegales tan enorme como su propio ego.

¿Qué es exactamente eso de que te guste algo? Lo digo porque a mi personalmente, sí que creo que me gustan estas cosas y es por ello por lo que dedico gran parte de mi tiempo libre a la literatura, al arte, a la música o al cine. El caso es que tras cada experiencia en cualquiera de esas disciplinas siempre me siento ignorante, ávida de ampliar y de explorar más y más de ese dentro de ese inmenso e inabarcable mundo que es la cultura. Me pregunto cómo es posible que para esas personas que en algún momento de su vida tuvieron algún contacto con la cultura, esa experiencia fuese suficiente y cómo de ella concluyeron un filia intemporal y estancada que predican a la menor ocasión.

Que digo yo, que tampoco hay que saberlo todo de todo, pero que si te gusta una cosa, lo normal sería saber algo. ¿No? Pero entonces ¿qué pasa si eso no sucede? O lo que es peor ¿qué pasa cuando esos escasos conocimientos quieren aparentar ser más de lo que son y con alguien que casualmente sabe algo más que tú? Es terrible.

Porque si uno no lee más que novelas de Terry Pratchett o de Barbara Wood ¿le gusta la literatura o solamente El Mundodisco o la novela rosa?  O que pasa si, por ejemplo, solo escuchas rockabilly, rock o clásica ¿te gusta la música (así, en general) o solo ese género? Lo mismo con el arte. Si solo te gustan los” dibujitos” de Miró ¿puede considerarte un amante amantísimo del arte? Si solo ves cine de terror y te espantas como uno de sus protagonistas cuando alguien te invita a ver cine español ¿te gusta el cine? La cosa es compleja ¿verdad?

El caso es que me sorprende la diferente forma que tenemos de entender eso de que nos guste algo. A veces, (aunque cada vez menos) incluso me molesta esa superioridad con la que algunos quieren hacer notar que algo les gusta. Por ejemplo. Es como cuando alguien que ha visto tres o cuatro películas en su vida y a quien por supuesto “le gusta el cine” te habla de una que tú no has visto o que ni conoces y te dice altivo eso de “¿cómo es que no la has visto? ¡Tienes que verla!”. No importa que tú hayas visto cien, mil o un millón. Esa, justo esa película es la que marca la diferencia. Esto sirve también para grupos de música, ciudades, museos, libros y muchas cosas más. Yo sí. Tú no. Yo soy guay. Tú no tanto. A mí el cine me gusta más que a tí.

Yo, antes, cuando esto pasaba, reconozco que he llegado a intentar contrarrestar apelando a la película, libro o disco más raro que hubiese visto, leído o escuchado últimamente a sabiendas de que seguramente no supiese ni de qué le estaba hablando. Aún recuerdo esa sensación de superioridad intelectual. Pero con los años me he dado cuenta de que no vale la pena. No hay nada como practicar la humildad.

Pero si hay algo que me sorprende aún más que esa reacción desmedida del me gusta es la que se produce con el no me gusta. Cuando una de esas personas te pregunta si algo que a él “le gusta” te gusta y tú le dices que no. ¡El apocalipsis! Y es que eso de ser asertivo está muy mal visto. Pero ya ves…yo eso lo entiendo. Porque yo, antes, me enfadaba muchísimo cuando alguien me decía que no le gustaban los Beatles. No lo podía evitar. Si alguien me decía eso, quería que ardiese en el infierno. En cambio ahora me da igual. Porque con los años, he comprendido que a mí hay muchas cosas que no me gustan y que no por ello adolecen de calidad (o sí). Así que ahora cuando alguien me dice que no le gustan The Beatles ya no me entran instintos asesinos. Respeto que tanto la banda como otras tantas cosas que a mí me gustan, puedan no gustar. Eso sí, si alguno me discute el inmenso talento o las innumerables aportaciones de los fab four a la música le deseo que innumerables males se sumen a su maltrecha ignorancia. El caso es que hay quienes son incapaces de asumir que sus gustos no gusten y encima les parece fatal. Se lo toman como una afrenta personal. Y claro, esto complica mucho las cosas. Porque a ver como le explicas tú a un frikazo de Nolan o de Clint Eastwood que, sin menospreciar su trabajo, a tí te apetece cortarte las venas con cada una de sus películas o a un adepto de Guns N’Roses qué hubieses sido capaz de ahogar a Axl con tal de que no volver a oírle cantar. Y luego está otra complicación aún mayor. Y es que ahora, con la modernidad,  ya vale casi todo. Y claro está, que el que se respeten los gustos no implica que haya cosas que, por gustarle o no a uno, no dejan de ser una ponzoña. Lo digo sin acritud, pero es que este es un temas que se las trae….¿Qué hay de objetivo y de subjetivo en el gusto? ¡Buf!

Sí, sí. Qué complicado es eso de los gustos. ¿Cuándo algo gusta de verdad? ¿Cuánto hay que interesarse por la materia en cuestión para poder decirlo? ¿Cuánto hay que saber? Y sobre todo ¿Dónde está la línea que separa al que no sabe, del que sabe un poco y del que sabe mucho? ¿Cómo saber en qué punto estamos cada uno de nosotros?

Es tan difícil saberlo….

 

Carlota García Fernández.

 

 

 

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