Capítulo 4: Metamorfosis

On 11 octubre, 2018 by Carlota

Siempre que pienso en el concepto de “metamorfosis” se me vienen a la cabeza los Power Rangers. Aquel grupo de jóvenes que ante la adversidad dejaban atrás su aspecto normal para transformarse en una especie de superhéroes enfundados en lycras de colores al grito unísono de “¡A metamorfosearse!”.

Aunque con algo menos de parafernalia, hoy he entonado esta misma proclama y he ido a la peluquería. Ha llegado la hora del cambio.

Como es lógico, no he elegido una peluquería cualquiera, así al azar. Nada de eso. He elegido la más moderna de todas. Una en la que sus propietarios, en un alarde de originalidad extrema, han llamado “La niña de los peines”. Y es que si hay algo que los modernos saben hacer como nadie es reconciliar elementos de la cultura más castiza con los más alternativos.

La fachada era de aspecto rústico, con madera oscura y grandes cristaleras en cuyo interior lucía una cuidada rotulación tradicional que reproducía el nombre del local.

-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Tenías cita? Déjame ver. Sí. Aquí estás. Carlota. Lavar-cortar y peinar. Pasa por aquí. Siéntate. Pasas enseguida, eh.

Pues así, de entrada, no notaba mucha diferencia con PEPI, mi peluquería de toda la vida. ¿Estaría acaso siéndole desleal en vano?

A los pocos instantes un hombre ataviado con una pulcra camisa blanca, tirantes y un delantal de cuero repleto de instrumental me ofrecía una refrescante copa de agua con pepino, limón y menta. ¡Vale! Esto sí que ya era un poco distinto.

También lo era el resto del local. Las paredes estaban empapeladas con un vistoso papel con motivos de palmeras que en algunas zonas quedaban interrumpidas por un muro de mampostería de piedra. Sobre ellas colgaban dos grandes espejos con marcos dorados de madera labrada y frente a ellos sus correspondientes sillones de trabajo tapizados con elegantes telas. El suelo era de madera. Crujía con cada paso. En el techo unas enormes bombillas quedaban suspendidas al aire sostenidas, tan solo, por gruesas cuerdas similares a las que mi abuelo, que era marinero, utilizase en el barco. El salón estaba dividido por un poste de barbero giratorio que separaba una zona, al fondo, destinada al público masculino donde el hombre, que antes me había entregado el agua, barría restos de cabello entre dos robustos sillones de barbería antiguos.

Recliné la cabeza sobre el sillón en el que esperaba. Era un hermosísimo Luis XV.  Pero no una de esas reproducciones de mal gusto que se dejan ver en los escaparates de algunas tiendas de decoración, sino uno que bien podría haber salido de un palacio del XVIII francés. Frente a mí, en una mesa de cristal: AD, GQ, VOGUE, Rolling Stone, National Geographic y Caimán, la versión española de la mítica Cahiers du Cinéma francesa.

Ni rastro del Pronto, del Hola o del Lecturas, ni de las sillas plegables de plástico naranja, ni de la jarra de agua del grifo con vasos de plástico, ni de los espejos de esquinas escachadas, ni de los óculos de luz cegadora, ni de las paredes verde pistacho con posters de peinados de los 80.

Hasta siempre PEPI.

Una voz me invitó a pasar a la zona de lavado. Según informaba en un cartel, todos los productos utilizados eran orgánicos y no habían sido testados con animales. El agua caliente comenzó a correr por mi pelo. Una multitud de aromas florales aparecieron en forma de champú. Las manos de la peluquera se movían  lentamente ejerciendo un más que placentero masaje capilar. Luego, colocó sobre mi cabeza una suave toalla de felpa caliente y friccionó mi pelo con suavidad hasta eliminar la humedad sobrante y de igual modo, lenta y delicadamente, lo desenredó hasta dejarlo lacio.

-¿Cómo cortamos?

La sesión de lavado me había dejado en un estado tal de embobamiento que apenas podía responder. Presa del éxtasis y un tanto alelada le dije “Hazme lo que quieras”. “Eso sí”. “Que sea moderno”

Rio y se giró con una Tablet. Me la entregó indicándome las categorías de cortes entre los que me recomendaba elegir en función de mi tipo de cabello, su color, la forma de mi cara, su mantenimiento… El catálogo era amplísimo. Había montones de opciones. Cortes. Colores. Moldeados. Algunos tan extravagantes que me hicieron replantearme incluso si realmente llegaría a ser una auténtica moderna. Había modelos con el pelo rosa, azul o verde, algunas incluso lo tenían teñido de hasta dos y tres colores diferentes. ¡Las había que llevan media cabeza rapada!

Deslicé mi dedo adelante y atrás por la pantalla durante varios minutos sin decidirme, hasta que por fin supe lo que estaba buscando. Indiqué. Asintió y puso manos a la obra.

Al contrario que en el Coconut aquí el hilo musical sí que estaba cargado de canciones modernas. Y yo en el sillón, sin poder moverme y lo que es peor, sin el Kazán a mano.

Le pregunté qué estaba sonando. Ella contestó que era una lista de reproducción variada, concluyendo la conversación para continuar trabajando, centrada en la tarea de cortar cada mechón de pelo con la mismísima precisión que una cirujana. De todas las peluqueras que había conocido, aquella debía de ser la única a la que no le apetecía ni un poquito de palique.

Tenía un tatuaje de Elvis Presley en su antebrazo derecho. En el izquierdo un montón de pequeñas pulseras metálicas que tintinean al acometer cada tijeretazo.

Cuarenta minutos después estaba lista. Sentí nervios. Muchos nervios. Durante todo el proceso había tratado de permanecer distraída ojeando una revista de moda, pensando en ir de compras y en completar así mi cambio de imagen, llenando mi armario de prendas a la última. Así que cuando levanté la cabeza y vi mi nuevo corte de pelo ya terminado frente al espejo, casi me da un soponcio. Era perfecto.

Aboné la factura. Di las gracias muchas veces y repetí otras tantas lo encantada que estaba con el resultado y con toda la experiencia. Además, mi nuevo corte de pelo tiene moderno hasta el nombre: PIXIE.

Mi nueva imagen no podría gustarme más. De hecho, desde que salí de la peluquería siento como si me hubiesen insuflado nuevas fuerzas, como si algo dentro de mí hubiese cambiado para siempre, como si ahora todo me pareciese posible. Me siento libre, intrépida, poderosa.

¡Qué demonios! ¡Me siento como un Power Ranger!

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