Capítulo 3: El Coconut (2ª parte)

On 24 septiembre, 2018 by Carlota

Cuando el camarero llegó a mi mesa recaí en que, entretenida en la tarea de observar, no había decidido qué tomar. Pensé ¿qué bebe un moderno? y por algún motivo, posiblemente porque he visto Zoolander demasiadas veces, mi primer impulso fue pedir un frappuccino  de moka y naranja. No tenían. Lástima, siempre había querido probar uno.

Miré a mí alrededor y pude ver que en muchas de las mesas había botellas de cerveza. Pedí una.

-Tenemos Pale Ale, IPA o Stout.

Sabía que existían más cervezas que la Budweiser que llevo bebiendo desde hace años, pero aquellos nombres me eran totalmente ajenos. Me quedé en silencio unos segundos sin saber qué decir, temiendo ser destapada como una vulgar impostora. El camarero, mientras, esperaba enfrascado en la tarea de recolocarse un piercing de su oreja. Cuando ya estaba pensando en salir corriendo, arrepentida de haberme lanzado a la aventura sin prepararme lo suficiente articulé al azar un tímido y casi inaudible “IPA”.

-Tenemos Punk, Goose, Hop Destroyer, Smash…

Veloz como un rayo y más roja que el que atravesaba el rostro de Bowie, un moderno de verdad, le interrumpí para decir “La primera”.

El camarero se dirigió a la barra con gran parsimonia. A los pocos minutos depositó una botella de etiqueta azul intenso en mi mesa. No parecía extrañado. Creo que, al final, debí de lograr despistarle. Me recompuse aliviada y seguí observando.

En las mesas contiguas grupos de gente se reunían en torno a las mesas enfrascados en conversaciones que, a juzgar por su elocuencia, debían de ser de lo más interesantes. Intenté arrimar la oreja a la mesa que había tras de mí pero mi sordera, fruto de noches y noches trabajando tras la barra con la música demasiado alta, me impidió escuchar y casi me hace caer de una silla reclinada en exceso,  ¿De qué hablarían los modernos? Todo un misterio.

A un volumen moderado un agradable hilo musical se fundía con el murmullo. Armada del Shazam me dispuse a indagar sobre sus gustos musicales. Había oído hablar de alguna banda afín por mediación de un amigo de una amiga que trabaja como técnico de sonido en varios festivales y por algún que otro anuncio de la tele, pero lo cierto era que nunca había sentido mayor curiosidad por los estilos más actuales. Yo siempre he sido más de rock clásico, de soul o de blues. Seguidamente sonaron “Me & Bobby McGee” de Janis Joplin, “Sinnerman” de Nina Simone, “Stormy Weather” de Etta James  y “Days like this” de Van Morrison. Esperé a que entre aquellos temas conocidos alguno desconocido irrumpiese para darle al botón de buscar. Sin embargo, por algún extraño motivo, aquello no pasó y lo más rabiosamente alternativo que llegó a sonar fue la inconfundible voz de Valerie June, a la que conozco porque Bob Dylan la citó en una entrevista cuando le preguntaron por la música que solía escuchar. ¿Acaso los modernos ya no escuchaban música independiente? Otro misterio más.

Lo que tampoco me quedó muy claro es porqué,  físicamente, había algo en ellos que los hacía reconocibles a primera vista. Quizás fuese  ese aire desenfadado a la hora peinarse o de combinar  prendas y  colores, tal vez el uso de deportivas, botines y zapatos tipo Oxford,  las superposiciones imposibles, la ropa vintage, los estampados de piñas y cactus, los abrigos amplios y las parkas, los cardigans y los jerséis desestructurados, sus jeans, sus gafas, sus tote bag o los serigrafiados de sus camisetas. Porque todo ello, por separado, podría formar parte de la indumentaria diaria de cualquier persona normal, pero en ellos adquirían una nueva dimensión. Una dimensión, como no, moderna.

Me acabé la cerveza no sin cierto esfuerzo. Tenía un intenso sabor amargo y un extraño regusto a maracuyá.  Me acerqué a pagar a la barra. Temo que ser moderna no va a ser barato. Me puse en pie y me encaminé hacia la salida con una  extraña mezcla de satisfacción por haber iniciado el proceso hacia el moderneo y de desconcierto al no haber visto reafirmados muchos de los estereotipos que esperaba encontrar. Tras haber permanecido en aquel sitio, cerca de una hora, todo me parecía bastante normal.

Ya me disponía a salir, cuando justo a mi lado pude escuchar a dos modernos, que también se iban, como uno le decía a otro “Tengo este disco en casa tío. Es lo más”, mientras indicaba a una de las paredes contiguas al marco de la puerta.  Enmarcado con un paspartú gigante, allí colgaba un disco firmado de Los Punsetes. Sonreí asertiva y me fui a casa.

 

 

 

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