Capítulo 3: El Coconut (1ª parte)

On 19 septiembre, 2018 by Carlota

Dispuesta a convertirme en toda una antropóloga del moderneo he abierto mi  armario con la intención de buscar un look adecuado con el que adentrarme a explorar nuevos territorios. Nota mental: lo siguiente es ir de compras.

Tras un par de outfits fallidos finalmente he optado por ponerme unos pantalones vaqueros, unas converse y una camiseta de Charles Chaplin. ¿Clásicos modernos? Me recogido el pelo en un moño alto, una especie de voy despeinada sin querer, aunque armar el moño de marras me haya llevado más de veinte minutos. También me he puesto un poco de colorete, rojo de labios y colonia Nenuco. Otro clásico moderno ¿no?

Dispuesta a mimetizarme entre ellos he puesto rumbo a El Coconut,  el no va más según los usuarios de www.saimondice.es, la web de cabecera para  saber dónde hay que ir si quieres molar.

Mientras  me acercaba pude observar a lo lejos cómo un grupo charlaba animadamente en la calle mientras fumaba. Cuando llegué a la entrada noté como algunas de esas personas clavaban sus miradas en mí. ¿Podrían acaso oler el miedo y las inseguridades de una neófita un tanto perdida?

Me senté en una mesa y mientras esperaba al camarero escudriñé meticulosamente el local. Era amplio y diáfano, acotado por unas enormes cristaleras con vinilos multicolores que dejaban ver el exterior y por una zona abarrotada de carteles de conciertos. El suelo, el techo, las paredes, todo era de color blanco. La barra de ladrillo visto, los botelleros de madera deslucida, las mesas y las sillas todas ellas distintas. La mía concretamente era de cristal y forja y tenía un par de sillas metálicas, una verde tipo Tolix y otra amarilla plegable, ambas bastante incómodas. El techo estaba recorrido por una estructura de tuberías que parecían conductos de ventilación, aunque a decir por el calor, creo que solo estaban para decorar. Entre ellas se descolgaban varias lámparas de estilo industrial que me recordaban a las que antaño había en el taller del abuelo de mi amiga Emma y a las que solíamos apedrear armadas de nuestros tirachinas, solo que estas estaban desprovistas de abollones y su superficie de acero relucía en lo alto emitiendo una luz tenue y cálida que junto a todo lo demás hacía del local un sitio de lo más acogedor.

Durante un instante dudé si no me habría equivocado. Me había hecho a la idea de que este tipo de sitios serían un tanto inhóspitos, pero aquel no lo era en absoluto y a pesar de las sillas, me sentía cómoda. Cuando apareció el camarero supe que no había sido así. Estaba en el sitio adecuado. Su camiseta de Batman, tan gastada como con las que mi madre limpia las ventanas, fue la señal que estaba esperando.

 

Carlota García Fernández.

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